Manos vacías

Este viernes fue el cumpleaños de mi madre. No sé si le gustaría que pusiera los años que cumplió. Nunca he entendido por qué a partir de un número la gente no quiere decir la edad que tiene. ¡Qué más da! Incluso, te digo más, yo cuando tenga la edad de mi madre diré que tengo 10 más. Así me dirán “¡Pues quién lo diría! ¡Estás estupenda!” Ella dice que lo que le choca no es haber cumplido los entre 54 y 56 sino el hecho de tener un hijo que va a cumplir 27.

Para celebrar sus doble aprobados justos, invitó a la familia a casa para hacer una mini fiesta. Vinieron mis tíos, primos y abuelos por parte de madre. Yo me senté al lado de mi abuelo y enfrente de mi abuela. Yo hablaba con mi abuelo de todo y de nada. Esas son las conversaciones que más me gustan. No nos estábamos comunicando pero él me hacía reír y yo a él también. Mientras tanto, mi abuela observaba comiendo a dos manos. ¡Eso es salud!. Una cosa os voy a decir, hay pocas personas más monas que mis abuelos. Son tan agradecidos que da gusto verles. 

En todas las reuniones familiares conozco un poco más a algún familiar. Siempre sale algún tema salseante en el que alguien cuenta algo que hace que mi imagen de ellos se actualice. Mi intuición periodística es lamentable pero tiene su punto porque así cada encuentro es emocionante.

Lo que venía a decir, perdonadme porque me voy por las ramas, es que hubo un momento en el que mi tía dijo algo que no he podido quitarme de la cabeza. Mi tía, la hermana de mi madre, dijo: «yo siempre digo, que un día sin reír no merece la pena vivirlo». Sí, sé que es una frase quemadísima pero tiene mucho sentido al ser ella quien lo dijo, porque hasta donde yo sé, vive cumpliendo ese reglamento. 

El caso es que seguí dándole vueltas a esa idea y me llevó a escribir un texto inspirado en alguien que, por suerte o por desgracia, nunca ha formado ni forma parte de mi círculo cercano y que es, en este caso, el antítesis de lo que representa lo mencionado por mi tía.

Es un soldado que duerme con un arma bajo la almohada por si los enemigos llaman a la puerta mientras descansa.

La guerra ha terminado pero no sabe vivir en paz. Busca el conflicto porque si no encuentra alguno tendría que aceptar que lleva la lucha por dentro.

Evita los silencios para no escucharse, pero se enfrenta a cualquier ruido porque dice molestarle.

Decir que todo va bien parece no interesarle. ¿Perseguir la tristeza es la nueva búsqueda de la felicidad?

Y sigue diciendo «de los errores se aprende» como si quisiera hacerme creer que todo nos hace más fuertes. Como si fuera más valiente quien se enfrenta a un león que quien recoge flores. 

Prefiere conflicto y reconciliación a una tarde de descojone, escoge lo difícil antes que lo sencillo; piensa que la vida es una batalla en vez de media hora de recreo.

Llama sexy a la falta de interés porque no conoce el erotismo de quien no te falla ni una sola vez.

Llora por todo porque cree saberlo todo pero no sabe que quien sonríe lo hace porque ha vuelto a vivirlo todo de nuevo.

No me impresionan las batallas, quiero que me pille la guerra con las manos vacías.

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